jueves, 22 de enero de 2026

ÉRAMOS FELICES Y NO LO SABÍAMOS

 

Una de las experiencias más sorprendentes en la vida es darnos cuenta de la infinidad de cosas que nos son dadas de manera gratuita, sin que siquiera nos percatemos de ello. Solo, cuando perdemos alguna de ellas, tomamos consciencia tardía de que nuestra vida, como consecuencia, ha empezado a tornarse difícil, si no trágica o miserable. Y perderlas todas ya representaría nuestra desaparición y muerte. Cómodamente, sin embargo, vivimos instalados en el supuesto de que esas cosas estarán allí por siempre, como el paisaje; sin siquiera percatarnos, además, de que nuestras acciones diarias, tantísimas veces, están minando los cimientos que las hacen posibles. Como anota Manuel Asende, en entrevista que comentaré luego, “damos las cosas por garantizadas cuando las tenemos siempre” (Ardem Patapoutian, nobel de Medicina: “El 90% de las personas ni siquiera sabe que tiene el sentido de la propiocepción”. El País, España. Junio 8 de 2025. Ver ACÁ).

 

Quiero ilustrarlo con tres ejemplos, desde lo más cotidiano y simple, hasta algo más complejo y novedoso. Son ellos: la homeostasis, los polinizadores y las neuronas Piezo. Me disculpan algunos nombres un poco desconocidos. Veamos.

 

La homeostasis

Una palabreja de origen griego: μοιος (omóios) = similar, y στσις (stasis) = posición, estabilidad, es decir, estado de equilibrio de un sistema. En esencia, y así lo resume la RAE, la homeostasis es el “conjunto de fenómenos de autorregulación, que conducen al mantenimiento de la constancia en la composición y propiedades del medio interno de un organismo”. Un poco complicados los catedráticos de la lengua, para decirnos que homeostasis es el estado de equilibrio interno, que nos proporciona esa sensación de bienestar general de la que disfrutamos casi habitualmente. Nuestro organismo busca y produce naturalmente ese equilibrio y esa sensación. Sin embargo, generalmente no somos conscientes de ello, hasta que dicho equilibrio se rompe y nos sentimos mal. Y se rompe, muchas veces sin darnos cuenta, por nuestros propios excesos.

 

Los polinizadores

La polinización, lo sabemos, es “la transferencia de polen de una antera (órgano masculino) a un estigma (órgano femenino)” (IPBES. Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos. Ver ACÁ), (paréntesis nuestro); bien entre flores de una misma planta o entre flores de diferentes plantas, la cual permite su fecundación, fructificación y reproducción. Los polinizadores pueden ser diversos agentes, comúnmente tres: el viento (anemofilia), el agua (hidrogama) y los animales (zoopolinización). Estos últimos, los animales, responden hasta por el 87,5 % de la polinización de las angiospermas, que son la enorme mayoría de las plantas que producen flores y frutos. Y, entre los animales polinizadores, los insectos son los protagonistas, entre los que el campeón indiscutido es la abeja. Pues bien, toda esta historia como marco, para decir que los polinizadores, especialmente las abejas, responden actualmente por hasta el 75 % de la producción agrícola mundial (FAO. Why bees matter. 2018. Ver ACÁ). Sí, ¡las tres cuartas partes de nuestros alimentos!; casi podríamos decir que no nos alimentan los agricultores sino las abejas. Los polinizadores son, así, uno de los servicios ecosistémicos gratuitos más importantes, que la naturaleza nos brinda. Y estamos acabando con ellos, en la inconsciencia de su importancia para nuestra propia supervivencia: agroquímicos, deforestación, contaminación sonora y lumínica, entre otras pestes antropogénicas, tienen en serio declive globalmente a nuestros amigables polinizadores.

 
Las proteínas Piezo

Una familia de moléculas de nuestro organismo, cuyo descubrimiento le valió el Premio Nobel de Medicina 2021 al joven biólogo libanés, Ardem Patapoutian, constituye otro de esos dones gratuitos de la biología, de cuyos beneficios nos hemos mantenido cómodamente ignorantes. “Funcionan como un interruptor eléctrico, iniciando un impulso nervioso al sentir una presión”, relata Manuel Asende, en la entrevista citada a Papapoutian. Y agrega: “desde el anuncio de su existencia en 2010, la comunidad científica ha descubierto que estas proteínas Piezo son esenciales en multitud de procesos vitales, como el dolor, la presión de la sangre, la respiración, el control de la vejiga de la orina y hasta la excitación sexual”. En su conjunto, las proteínas Piezo son determinantes, además, de la buena digestión de los alimentos y de lo que llamamos el sentido de la propiocepción, otro sentido desconocido para la mayoría de las personas. Pero fundamental: es el sentido que nos permite tener control, equilibrio y movimiento de nuestro propio cuerpo, aun en la oscuridad. Pero, como bien anota el filósofo Barry Smith en reciente reseña de prensa, “atrapados frente a nuestras pantallas todo el día, a menudo ignoramos nuestros sentidos más allá del sonido y la visión. Y, sin embargo, siempre están funcionando” (Smith, B. Los humanos tenemos entre 22 y 33 sentidos, según los neurocientíficos. El Confidencial, España. Diciembre 29 de 2025. Ver ACÁ) ¿Imagina lo que significaría perder todo lo anterior?

 
En conclusión:
Vale concluir que nuestra existencia, y la calidad de nuestro
vivir, se soportan en una infinidad de servicios gratuitos que la naturaleza y
la biología nos prestan permanentemente, sin que nosotros siquiera nos
percatemos de ello. Hasta que nos falta alguno de ellos, por supuesto. Homeostasis,
polinizadores y proteínas Piezo son solo tres de ellos. Algunas lecciones se
desprenden, para mí, de esta experiencia fabulosa del darnos cuenta de lo que
tenemos:
Que conocernos a nosotros mismos es una importantísima
y ardua tarea, largamente olvidada por todos nosotros;
Que ese desconocimiento nos lleva muchas veces a
actuar de manera contraria a las leyes de la naturaleza, destruyendo las bases
que soportan nuestro propio bienestar y existir;
Que, definitivamente, no somos seres aislados, sino
que formamos parte de un entramado de relaciones y conexiones sumamente
complejo, sutil y delicado;
Que una de nuestras responsabilidades fundamentales en
la vida es el cuidado de ese complejo entramado del que somos parte.
Que definitivamente el concepto que hemos tenido de riqueza
es sumamente pobre, valga la paradoja. Nuestra verdadera riqueza ha
estado allí por milenios, en espera de que la descubramos y la aprendamos a cuidar
y a disfrutar.
 
Cerremos con una serie de preguntas, que justo
inspiraron el título de esta nota. ¿Somos acaso conscientes de que somos
felices? ¿O, quizás, necesitamos dejar de serlo, para darnos cuenta? ¿Nos damos
cuenta acaso de que lo que nos impide apreciar la felicidad es que nos pasamos
la vida deseando lo que no tenemos? ¿O hemos tenido la lucidez del inolvidable
payaso “Bebé”, para quien “felicidad es desear lo que se tiene”?.
 
Con sobrada razón, apuntaba Nazareth Castellanos, la
neurocientífica española, en reciente conferencia: “a veces lo más revolucionario no es añadir
complejidad, sino reconocer lo que siempre estuvo ahí y no supimos ver” (Ver ACÁ).
 
Una reflexión final
Entendamos
que la causa de la invisible ceguera, que ocasiona ese “no supimos ver”, es que
los seres humanos nos hemos pasado toda nuestra historia autoconsciente
explorando el mundo, viajando hacia afuera, algo así como ausentándonos cada
vez más de nosotros mismos. Lo que somos, lo que sustenta nuestra vida, nuestra
consciencia y nuestra sensibilidad, han permanecido siempre a nuestras
espaldas. Quizás la lección de todo esto es que ha llegado nuestro momento
civilizatorio de volver la vista atrás, hacia nosotros mismos, y entender que
el auténtico viaje no es hacia afuera, sino hacia adentro. Entonces, solo
entonces, nos daremos cuenta de éramos felices y no lo sabíamos.
 
Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

ESCASEZ, ABUNDANCIA Y SUFICIENCIA

 

Los seres humanos hemos sido de extremos. Desde nuestros orígenes, hasta la actualidad. Excesos de abundancia y excesos de escasez. Gigantescas riquezas individuales y millones de seres humanos que sufren y mueren de hambre. El ruido y la adrenalina son nuestras fórmulas de diversión; de hecho, hablamos de deportes extremos. Nos debatimos entre la obesidad y la bulimia o la desnutrición y el hambre crónico. Pendulamos entre holgazanes o desempleados y trabajoadictos o ciberadictos. En resumen: o nos aturdimos en medio de excesos o desfallecemos en medio de carencias. Es un fenómeno que, si bien seguramente nos acompaña desde la prehistoria, la sociedad contemporánea lo ha llevado a máximos paroxísticos. El extremos de los extremos, en pocas palabras. Hemos llegado, así, a vivir en una sociedad enferma de adicciones y  llena de carencias. Pocas cifras pueden resultar suficientes para ilustrarlo:


“El hambre afecta a aproximadamente el 10 % de la población mundial” (Children International. La pobreza global y el hambre. Ver ACÁ), es decir, unos 800 millones de seres humanos.

Mientras que, mirando la población mundial, “actualmente, ese 1 % (más rico) acapara más riqueza que todo el 95 % más pobre” (Oxfam International. Del beneficio privado al poder de lo público. Junio de 2025. Ver ACÁ.

Estamos confrontando una crisis de escasez de recursos clave para la supervivencia (bosques, agua, peces, biodiversidad, suelos…), mientras “alrededor del mundo, los seres humanos desperdiciamos el 40% de todos los alimentos que producimos” (WWF. Desperdicio de alimentos. Ver ACÁ.

 

El extremo de la abundancia tiene el signo del éxito en nuestra cultura maximalista; el extremo de la escasez, por el contrario, viene marcado por la percepción de fracaso. Así, como ejemplo, cuando confeccionamos el presupuesto de cada año siguiente, personal o empresarial, las preguntas de rigor que se hacen son: ¿cuánto más venderemos?, ¿cuánto más gastaremos?, ¿cuánto más ganaremos? Lo contrario resulta impensable y se percibe como una señal de fracaso. Yo me pregunto: ¿y si vendemos menos, pero mejor? Con mejor eficiencia, mejores criterios de sostenibilidad, mejor calidad; con nuevos métodos, diseños y parámetros... ¿Por qué no pensar en que mejorar e innovar son alternativas más ganadoras para todos? Porque vender más y ganar más siempre serán cuestiones con cierto tufillo egocéntrico, a diferencia de la optimización y la innovación, en las que todos salimos ganadores.

 

¿Se ha puesto usted a pensar cuántos seres humanos viven dentro de parámetros de justeza, y sobriedad? Esa sí es, a mi modo de apreciar la realidad, la verdadera élite global, por su pequeño número y porque son seres humanos que, sin duda, han escalado a estadios superiores de consciencia y sensibilidad, que lamentablemente han estado reservados a seres privilegiados. Es la frontera de la suficiencia: desear lo que se tiene.

 

El papa Francisco fue uno de ellos. No solo lo expresó en múltiples ocasiones, sino que lo vimos ser coherente con ello. Así nos ilustra el concepto en Laudato Si:

“…si nos sentimos íntimamente unidos a todo lo que existe, la sobriedad y el cuidado brotarán de modo espontáneo”.

“La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco”.

“La sobriedad que se vive con libertad y conciencia (sic) es liberadora”.

“…ninguna persona puede madurar en una feliz sobriedad si no está en paz consigo mismo”.

 

Otro maestro de la sobriedad fue José Mujica, expresidente de Uruguay. Se le escuchaba decir con frecuencia: “No soy pobre —decía—. Soy sobrio. Pobre es el que necesita mucho” (Cvitanic, F. El legado de Pepe Mujica, el presidente más humilde del mundo. The Conversation: mayo 14 de 2025. Ver ACÁ.

 

Pero fue más prolijo en gestos que en palabras de sobriedad. En efecto:

Cuando resultó electo presidente, rehusó ocupar la lujosa residencia presidencial y prefirió seguir viviendo en su humilde chacra, a las afueras de Montevideo, como un ciudadano más.

Siempre viajó en clase turista y conducía un viejo “escarabajo”.

Durante su presidencia, donó el 90 % de su salario, llegando a sumar medio millón de dólares, que destinó a causas sociales.

 

Y tengamos en cuenta que los excesos y carencias, así como la sobriedad, no se refieren solo a asuntos materiales. Igual paradoja encontraremos en los terrenos social, cognitivo, emocional y espiritual. Quisiera ilustrarlo con un sencillísimo gráfico, que puede leerse de forma vertical u horizontal.



Notas:

Infodemia: sobrecarga patológica y extendida de información.

Histrionismo: concepto asociado al Trastorno de Personalidad Histriónica (TPH), que se caracteriza por una emotividad excesiva y una búsqueda constante de atención.

Ataraxia: concepto de la Grecia clásica que significa imperturbabilidad de ánimo, paz y armonía interiores, serenidad.

 

Anselm Grün, monje benedictino alemán (ampliar información ACÁ), y gran compañero de búsquedas de Leonardo Boff (ampliar información ACÁ y ACÁ), acuñó un concepto muy expresivo para nombrar la suficiencia. Lo llamó la justa medida (El arte de la justa medida. Ver ACÁ), siguiendo el ideario de Benito de Nursia, el fundador de su orden religiosa. Intentaré un muy apretado resumen de sus ideas, para concluir esta nota.

 

Grün inicia constatando que “Vivimos en una sociedad de sobreabundancia. Pero reconocemos que la sobreabundancia no nos hace más felices. La sobreabundancia nos lleva más bien a una falta de medida” (p. 68). Y hace, en su opúsculo, un análisis de la sobreabundancia como una pérdida del equilibrio necesario para la salud integral y el florecimiento del espíritu humano. Repasa así equilibrios tan necesarios como: a) el equilibrio en la actividad, entre el ocio y el agotamiento; b) el equilibrio en nuestra autopercepción, entre la prepotencia y la baja autoestima; c) el equilibrio en las relaciones, entre el autocuidado y el cuidado del otro; d) el equilibrio en nuestra relación con la naturaleza, entre la depredación y el ambientalismo extremo; etc. Para concluir que “el éxito de nuestra vida depende de la medida correcta” (p. 6).

 

En la abundancia, se experimentarán el apego y la frustración; en la escasez, se experimentarán la impotencia y la penuria. En ambos casos, nos acompañará el sufrimiento. En la suficiencia, se experimentará la armonía de todo y con todo, así como un sentimiento de paz interior; nos acompañarán destellos de felicidad y bienestar. Ya no reiremos a carcajadas, sino que esbozaremos una frecuente y serena sonrisa. Ya no levantaremos la voz ante el improperio, sino nuestras cejas en señal de asombro. Ya no parlotearemos sin medida, sino que escucharemos mucho y nuestras palabras fluirán precisas y oportunas. Ya no nos agobiará el afán, sino que florecerá la paciencia en cada uno de nuestros pasos. Ya no nos obsesionará tener la razón, sino que nos acompañarán preguntas cada vez más profundas y fecundas. Ya no nos esforzaremos por ser los mejores en nada, sino que nos preocuparemos por ayudar a todo aquel que lo requiera. Ya no buscaremos saberlo todo, sino solo tener la certeza de que hay un sentido en nuestro vivir.

 

La justa medida, la sobriedad y la suficiencia son todas denominaciones del mismo concepto de equilibrio, necesario para una vida plena y auténticamente exitosa. Porque nos permiten conectarnos con nuestra propia esencia, la de los otros y la de la naturaleza, estableciendo con todos relaciones armónicas y pacíficas. Nos lo dice Anselm en su texto: “La medida correcta es buena para el ser humano. Corresponde a su esencia. Por lo tanto […] no se trata de apelaciones morales, sino de un camino que conduce a una vida saludable, una buena vida y una vida hermosa” (p. 53).

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

miércoles, 14 de enero de 2026

SOÑÉ CON EL FIN DE LOS IMPERIOS

 

En la noche más plácida que haya disfrutado en mi vida, con tan intensa fruición que aún sigue acompañándome, soñé con una sociedad global sin imperios. Vi quedar atrás, en el amarillento álbum familiar de la historia humana, las imágenes de los imperios asirio, romano, persa, mongol, otomano, maya, azteca, chino, estadounidense, ruso… Un interminable repertorio de abusos, ambiciones, desmesuras, guerras y poder, detrás de un falaz ideal de desarrollo, social y ambientalmente depredador.

 

Entendí claramente que los imperios han sido hijos de la ambición y la ignorancia, las dos expresiones más claras de la inmadurez de nuestra especie. Y que, en una sociedad global, ya en su edad adulta, madura y civilizada, los imperios sencillamente se habían vuelto innecesarios. Sapiens, al fin. Con todos los problemas asociados a la supervivencia, el desarrollo y la diversidad de los pueblos, pero con un acendrado espíritu compartido de las libertades y las responsabilidades, y con un claro sentido del destino compartido como especie y como planeta.

 

Fue entonces cuando desperté, y no demoré en recordar la larga lista de compromisos que esperaban en mi agenda. Pero fue un despertar alegre, que iluminó aquel día. Porque entendí, de repente, que el despertar tiene sentido y que da sentido a la faena diaria el vivir despiertos. “Más temprano que tarde, será realidad”, me dije.

 

Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

PENSAR EL DESPUÉS DE LA TORMENTA…

 

Sin duda alguna, 2026 se perfila como un año tormentoso:

Cambio climático, con una estela de desastres ya fuera de control y sin voluntad política aparente para enfrentarlo.

Inteligencia artificial, con agobiantes dilemas éticos e importantes impactos socioeconómicos, aún no resueltos ni controlables.

Sustitución del sistema multilateral, en un orden mundial basado en reglas, por un transaccionalismo monopólico, ventajoso, imprevisible y agresivo.

Y un concierto de guerras in crescendo alrededor del mundo: Ucrania, Gaza, Yemen, Sudán, Congo, Myanmar, el Sahel, para solo mencionar las más relevantes.

 
Ya, solos, estos cuatro escenarios son algo así como los cuatro jinetes del apocalipsis de Juan. Y ahora viene a sobreagregarse la reciente invasión militar de los EE. UU. a Venezuela, en una operación que forma parte de una intervención mayor en toda la región. Así lo declara formalmente la reciente National Security Strategy (ver ACÁ): “Estados Unidos debe tener preeminencia en el hemisferio occidental como condición para nuestra seguridad y prosperidad, una condición que nos permita afirmarnos con confianza donde y cuando sea necesario en la región” (p. 17, subrayado nuestro). Es la esencia de lo que el mismo texto denomina el “Corolario Trump” (p. 15), algo así como un anexo a la anacrónica doctrina Monroe.

He ahí lo complejo de la situación sobreviniente: una dictadura abominable, la del maduro-chavismo, que aún no termina; y una potencia que la usa como pretexto para invadir un país soberano, pasando por encima del derecho internacional, de organismos multilaterales como el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y la OEA, de tratados vinculantes… Todo con el fin de imponer sus objetivos de dominación. Inaceptable situación por donde se la mire: ni dictaduras (paradójicamente en aumento en el mundo) ni invasiones imperiales; ninguna de ellas resulta ya admisible. Todo el andamiaje civilizatorio, construido con esfuerzo y conquistado con sangre en dos guerras mundiales, ha quedado, de repente, hecho añicos.

Y todo viene a ocurrir justo en un año en el que se jugará, en las urnas, el futuro político próximo de varios países de la región: empezando por los EE. UU., con sus legislativas de noviembre; y siguiendo con las presidenciales de Brasil, Perú y Colombia.

Como he dicho, desde el primer párrafo, 2026 es ya un año suficientemente tormentoso. Frente a realidades tan crudas y obligantes, desde este modesto Blog, hacemos un llamado a la reflexión serena, despolarizada y con visión de futuro. Sobre todo, un llamado a que, desde un plano de consciencia elevado, alcancemos a ver más allá de la tormenta y trabajemos, con redoblado esfuerzo, por construir ese futuro diferente que todos nos merecemos: en paz, equidad y armonía (entre nosotros y con la naturaleza).

La dirigencia, pública y privada, de nuestras sociedades está al frente de retos decisivos. No es hora de movilizar ejércitos, sino liderazgos. Liderazgos que eleven la consciencia y sean capaces de ver más allá de la tormenta: humildes y perspicaces, para examinar sus causas; con suficiente valor, para colocar el bien común por encima de mezquinos intereses políticos, económicos u organizacionales; inspiradores de una nueva manera de relacionarnos entre todos y de todos con la naturaleza; con autoridad moral, para inspirar una dimensión trascendente de la vida de las personas y de la convivencia de los pueblos.

Líderes, en fin, que nos ayuden a mantener viva la esperanza cierta de que, después de ese cuarto movimiento de Relámpagos y tormenta, vendrá ese sorpresivo quinto movimiento de Alegría y sentimientos de agradecimiento después de la tormenta, con los que el inolvidable Beethoven nos iluminó en su sexta sinfonía, La Pastoral.

Ramiro Restrepo González
Enero de 2026

martes, 6 de enero de 2026

LO POLÍTICAMENTE CORRECTO

Lo “políticamente correcto” es un concepto que no tiene padre reconocido, pero todo parece indicar que se posicionó socialmente hacia comienzos de los años 70. Es, pues, un “hijo natural” que goza de buen prestigio. Casi se ha vuelto norma y es mal visto cuando nos expresamos de maneras que son consideradas políticamente incorrectas. Así que se nos volvió una especie de asepsia social, ya asfixiante, que se ha ido apoderando subrepticiamente de nuestro lenguaje y de lo que llaman opinión pública.
 
Voy a recurrir a tres ejemplos concretos, para desenmascarar la hipocresía, y hasta la ignorancia, que esta práctica social nos ha instalado en medio de la conversación.
 
Ejemplo 1: el lenguaje inclusivo

Es lo más políticamente correcto que conocemos. Hasta el extremo de llegar a proponer “azafato”, “azafate” y otras sandeces. ¿Sabe?: mejor diga auxiliar de vuelo, para que se evite hacer el ridículo. Porque, bajo esa lógica, terminaremos diciendo adolescenta, cirujane o inmigranta. Definitivamente, la ignorancia es atrevida, y hasta divertida. Desconocemos, a la ligera, que una cosa es el sexo y otra el género. Y que este, el género, es tan aleatorio como las culturas. En alemán, por ejemplo, la palabra niño es neutra (das Kind), sol es femenino (die Sonne) y luna, masculino (der Mond). Pero el niño seguirá siendo varón, de sexo masculino, en cualquier idioma, hasta que se demuestre lo contrario. En Esperanto, todas las palabras tienen el mismo género, que parece femenino en castellano, pues “la” es el artículo que las acompaña a todas, indistintamente del género gramatical y del sexo biológico. Igual ocurre en el latín clásico, en el que no existen los artículos determinados (el, la, los, las) ni los indeterminados (un, una, uno, unos, unas). Otra es la discusión sobre si el sexo es binario (varón-hembra) o más bien es un espectro. Pero esa discusión no es, ni gramatical, ni cultural. Es científica y pertenece al terreno de la biología.
 
Ejemplo 2: vivimos el mejor de los mundos en la historia

No se atreva a decir lo contrario, porque lo tildarán de apocalíptico, pesimista o, en el peor de los casos, de comunista, disociador y peligroso. Mostrar conformidad con un orden social y económico (absolutamente disfuncionales, por supuesto) es lo políticamente correcto, a pesar de la abrumadora evidencia estadística y científica que nos dice lo contrario. Esta evidencia la ratifica el Wold Inequality Report 2026, que se acaba de publicar:Hoy en día, el 10% más rico de la población mundial gana más que el 90% restante, mientras que la mitad más pobre de la población mundial capta menos del 10% del ingreso global total. La riqueza está aún más concentrada: el 10% más rico posee tres cuartas partes de la riqueza mundial, mientras que la mitad más pobre solo posee el 2%”. Y la tendencia, como se aprecia en las gráficas del reporte, agudiza cada vez más esta realidad.

Pero disentir del orden establecido, del statu quo, resulta anatema, blasfemo o, cuando menos, incómodo. Ello es especialmente sensible en ámbitos gubernamentales y organizacionales. ¿Censura institucional e institucionalizada? No me cabe duda, con un toque de docta hipocresía muchas veces, y de simple y supina ignorancia en otros casos

Ejemplo 3: la iglesia católica es santa e infalible

Es lo que hay que decir o, al menos, aceptar que se diga, resignada y repetidamente, para ser visto como políticamente correcto. Nada, sin embargo, resulta más falso a la luz del examen histórico, riguroso y objetivo. La iglesia católica ha sido una de las instituciones más corruptas y criminales en la historia de la sociedad occidental. No es necesario citar los conocidos casos de la “Santa” Inquisición, que inició Lucio III contra los cátaros, en la Francia de 1184; ni de las Cruzadas, iniciadas poco después. Ambos eventos fueron escenario de lo que hoy llamaríamos, con toda propiedad en el DIH, genocidios; pero, en esa época, eran meras “guerras santas”. Lo insólito es que hasta hoy siga siendo aceptado de esa manera. Y no se sostiene el hipócrita argumento de que, para esa época, las valoraciones de los hechos eran diferentes. Jesús, el hombre de Nazareth o, por lo menos, el relato inspirador de tal personaje, en cuya visión siempre se han apoyado, desnaturaliza de raíz esta falsa salida. 

Hay otros episodios menos publicitados. Citaré dos.

El primer episodio: el “presunto” asesinato de más de 12 papas. Y uso, no solo comillas, sino el adjetivo presunto, porque la opacidad de la iglesia nunca permitió la evidencia forense, ni siquiera en nuestros días. Pero ya tenemos la confesión del excapo de la mafia italiana, Antoni Raymondi, primo del cardenal Paul Marcinkus (1922-2006) quien, según Raymondi, fue el directo victimario del Papa Juan Pablo I. Así confiesa, en el libro When the bullet hits the bone (Cuando la bala impacta el hueso): “‘Estaba de pie (sic) en el pasillo frente a los aposentos del Papa cuando sirvieron el té’, escribe; y agrega que la droga hizo tan buen efecto, que su víctima no se habría movido ‘ni siquiera si hubiera habido un terremoto’”. Juan Pablo I acababa de ser envenenado a manos del cardenal Paul Marcinkus.

Y el segundo episodio:  el titular del New York Post, en la cita referenciada, habla de fraude bursátil (stock fraud), precisamente porque el cardenal Marcinkus, quien debió resignarse a morir encerrado en el Vaticano, por cargar sobre sus espaldas una circular roja de Interpol, fue el enlace vaticano de la mafia internacional que terminó en la quiebra del Banco Ambrosiano, del cual el Banco Vaticano (IOR) era el principal accionista, estando este bajo el mando del difundo Marcinkus. “La distancia entre los asuntos de Dios y de la mafia es prácticamente inexistente cuando se analiza la historia del Banco Vaticano”, escribe al respecto María Medinilla. Todo parece indicar que la inminente limpieza financiera, que pretendía llevar a cabo Juan Pablo I, fue el verdadero móvil de su asesinato. Esas son las santas credenciales de la iglesia católica, apostólica y romana, “fuera de la cual no hay salvación”

De suerte que en eso consiste lo políticamente correcto: hipocresía institucional impuesta socialmente como decencia, para mantener a la sombra la indecencia de un orden institucional y unos entramados de poder malolientes. Claro que, si tomamos la definición de La Rochefoucauld sobre la hipocresía, no nos sentiríamos tan mal: “la hipocresía es el homenaje que el vicio rinde a la virtud”, nos decía. Pues yo, por mi parte, renuncio a los homenajes.
 
La hipocresía es un fenómeno asfixiante que puede obedecer a múltiples propósitos: a) normalizar unas “buenas maneras” en la convivencia; b) imponer una forma de censura sutil y seductora; c) ejercer una sanción social sobre lo disonante; d) asegurar la uniformidad en aras de la cohesión social; e) o una simple forma, incorrecta y abusiva, de acorralar lo poco que queda de pensamiento crítico. Cualquiera sea la elección, resultará desagradable. Lo valiente es reconocer que no hay verdad dulce y agradable. Que la verdad siempre confrontará, interpelará, exigirá cuentas y resultará terriblemente incómoda. No importa que se exponga de manera serena y desarmada. Por eso, el pensamiento crítico, lo políticamente incorrecto, siempre estarán en el terreno de la serena verdad de las mentes lúcidas, valientes y coherentes. La verdad escandaliza a los cobardes. La verdad estará siempre reservada a los valientes.
 
Ramiro Restrepo González
Enero de 2026

 

Referencias bibliográficas usadas:

World Inequality Lab. World Inequality Report 2026. P. 12. Ver ACÁ.

Yallop, David. En nombre de dios. Ver ACÁ.

Hamilton, B. Meet the mobster who claim he helped whack Pope John Paul I over stock fraudNew York Post, octubre 19 de 2019. Ver ACÁ y ACÁ.

Medinilla, M. et al. Banco Ambrosiano y los escándalos del Vaticano: cuando Dios y la mafia se sientan a la mesa. El Economista, julio 3 de 2023. Ver ACÁ.

LA FASCINACIÓN DEL CERO

 

Los romanos fueron excelentes en el arte de la guerra, de la política y del derecho; tres formas complementarias de ejercer el poder como dominación; y que, contra muchas creencias, son artes, no ciencias; pero fueron pésimos en el ejercicio de la filosofía y de la ciencia (dos formas, igualmente complementarias, pero de ejercer el pensar). Poder y pensar: fue esa, a mi modo de ver, la diferencia más profunda entre romanos y griegos. Quizás, por ello, la numeración romana no contemplaba el cero. En la matemática griega, tampoco existía el cero; pero en su filosofía sí era claro el concepto de la nada, del no-ser. Y así fue en Europa, hasta comienzos del siglo segundo de nuestra era.

 

Fue entonces cuando se produjo la migración gradual a la numeración indoarábiga, y la numeración romana terminaría siendo una curiosidad para crucigramistas. Para ello, fue necesario derribar la barrera cultural que existía entre la Europa cristiana y los pueblos árabes musulmanes. Leonardo de Pisa, más conocido como Fibonacci (un seudónimo derivado de la expresión Figlio de Bonacci, el apellido de su padre) fue el genio detrás de esta transición hacia 1202, que otros le atribuyen erróneamente al matemático indio Brahmagupta, algunos siglos posterior. A Fibonacci lo conocemos más por su famosa sucesión, que es igualmente fascinante. Pero muchos piensan, yo mismo, que su verdadero legado fue haber desencadenado el cambio del sistema de numeración heredado de los romanos, en la temprana Edad Media.

 

Y vaya si fue un cambio profundo. Desde el punto de vista de la ciencia, por la simplicidad, comodidad de manejo y cálculo, practicidad, sencillez pedagógica, el doble valor de sus números (intrínseco y posicional)… En fin, por infinidad de virtudes, el cero se abrió espacio en Occidente y, de paso, abrió las puertas al desarrollo de las ciencias y del pensamiento. Pero, sobre todo, el cero se impuso por haber llevado al terreno de las ciencias un concepto reservado anteriormente a la filosofía, por sus connotaciones de la nada, el vacío …el misterio. Algo así como lo que es el negro, en la escala cromática: la ausencia de color, de luz. Fue posible, así, matematizar la ley de los contrarios del griego Heráclito de Éfeso: vida-muerte, bien-mal, plenitud-vacío…, que sirve nada menos que de base a la revolución digital contemporánea: unos y ceros, presencia y ausencia de carga eléctrica (más conocida como silencio eléctrico).

 

¿Imagina usted la computación contemporánea, basada en números romanos? Suena incluso como apunte de humor. Si justo su estructura está basada en ceros y unos, estructura que, ni en la computación cuántica, desaparece. Sencillamente, no habrían sido viables, ni la una ni la otra. No es gratuito que el álgebra, la trigonometría y los algoritmos (el término es un homenaje a Al-Juarismi), entre otros desarrollos, hundan sus raíces en las culturas del Oriente medio y lejano. Recuérdese que Al-Juarismi, a quien se le atribuye el desarrollo del álgebra, fue un reconocido matemático persa, hoy Irán. Sin el cero, estas disciplinas sencillamente no habrían sido posibles. Como anota el físico Eduardo Fernández, “En cierto sentido, nuestra sociedad está edificada sobre millones de ceros que circulan por cables y chips. La paradoja es que la nada se ha convertido en el ladrillo fundamental de la civilización digital”.

 

Y el asunto tiene toda la profundidad a la que usted decida acompañarlo, desde otros puntos de vista:


Desde el punto de vista cuántico, el cero propiamente no existe, como anota el mismo físico Fernández, en la entrevista citada: “En la física cuántica, el vacío no es una nada absoluta, sino un espacio vibrante de fluctuaciones”.


Desde el punto de vista de la neurociencia, Joachim Kepler, entre otros, es de la hipótesis de que el surgimiento de la consciencia está ligado a este “vacío vibrante”; así lo consigna en un papel científico publicado en Phis.org: “Los estados conscientes pueden surgir de la capacidad del cerebro de resonar con el vacío cuántico, el campo de punto cero que impregna todo el espacio”.


Y, desde el punto de vista filosófico, un ejemplo cercano es el existencialismo francés de la posguerra, cuya piedra filosofal (aquí sí que cabe el término con toda propiedad) fue la experiencia de la vida como un absurdo, como un vacío de sentido, frente al cual el ser humano experimenta una angustia existencial. No gratuitamente, Sartre afirmaba que “la nada infesta al ser”, frente a lo cual se preguntaba: “¿por qué hay ente y no más bien nada?”. A la verdad, que Sartre llegó al fondo de la cuestión: el ser humano es nada, es un proyecto, y un proyecto que no finaliza; no un producto terminado, como parecen asumirlo en su vida diaria la inmensa mayoría de las personas. Y ese proyecto se construye justamente a partir de la búsqueda de sentido, lo cual no es nada diferente al largo y azaroso camino de la libertad. La pregunta por el sentido aparece justo en el silencio, en esa resonancia vibrante con el todo, cuando acallamos todas nuestras voces interiores y nos sumimos en el vacío, la nada de nuestra propia interioridad, de nuestro propio ser.


Vale concluir, entonces, que el cero es la presencia del sentido, de ese campo akáshico del que surge la consciencia, más que la ausencia de algo. Así nos lo recordaba Eugenio Fernández, con motivo de la celebración del Día Mundial de Fibonacci (noviembre 23): “Además de su función matemática, el cero tiene una etimología fascinante y un trasfondo cultural aún más profundo. La palabra italiana zero, usada por Fibonacci, proviene del árabe ‘ifr’, que significa ‘vacío’ o ‘nada’. A su vez, este término árabe fue una traducción del sánscrito ‘śūnya’, palabra clave en la filosofía hindú que también significa ‘vacío’, pero con un sentido más amplio: el vacío como origen de todas las cosas, una noción cargada de significado espiritual y existencial en la tradición india” (subrayados del original).


Con Fibonacci, Occidente recuperó entonces la conexión con el pensamiento griego y oriental, filosófico y científico por excelencia. Así, pudo superar la superficialidad del pensamiento romano que, de la estética y profundidad de las fiestas dionisíacas griegas (por Dionisos, el dios del caos y la energía), había decaído en la vulgaridad y frivolidad de las romanas fiestas bacanales (por Baco, el vulgar borrachín). Y pudo superar, así mismo, la oscuridad medieval, que fue la pesada herencia romana. Por eso, acierta Oscar Wilde al afirmar que “todo lo que hay de moderno en nuestras vidas se lo debemos a los griegos, y todo lo que es anacrónico es debido al medievalismo”.  Ciencia y filosofía se reconectaron, así, con la cultura occidental y empezaron a recorrer largos y sinuosos caminos, por momentos alejados, pero que hoy convergen aceleradamente gracias, quizás, a la nada. Y el cero resulta siendo, así, la nada y el todo. La esencia de lo que somos como sapiens.


Ramiro Restrepo González

Enero de 2026

 

Referencias bibliográficas usadas:

Pérez, C. "Nuestra civilización digital está edificada sobre millones de ceros", afirma Eugenio Manuel Fernández Aguilar, autor de 'Historia del cero'. Muy Interesante, noviembre 2 de 2025. Ver ACÁ.

Fernández, M. Historia del cero. Ver ACÁ.

Kepler, J. Quantum clues to consciousness: New research suggests the brain may harness the zero-point field. Diciembre 10 de 2025. Ver ACÁ.

Sartre, J. P. El ser y la nada. P. 25.

Sartre, J. P. Ser y Tiempo. P. 18.

Wilde, O. La importancia de no hacer nada. P. 12. Ver ACÁ.

lunes, 22 de diciembre de 2025

URGE UN SALARIO MÁXIMO LEGAL

 

A propósito de todos los debates que suscita, por esta época, el acuerdo sobre un salario mínimo legal en Colombia que, entre otras consideraciones, está en una posición media-baja en el ranquin latinoamericano, a pesar de ser Colombia la tercera o cuarta economía de la región; a propósito de esos debates, digo, conviene dirigir la mirada en otra perspectiva: su relación con los salarios máximos que se pagan en el mercado laboral.

 

Al respecto, impacta leer los resultados de un reciente reporte de Oxfam Intermón: “…el salario más alto en estas compañías (las 40 más grandes de España) es en promedio 111 veces superior a la nómina media[1]” (subrayados del original y paréntesis nuestro). Es decir, un empleado medio deberá trabajar más de UN SIGLO para percibir el ingreso que su CEO se embolsa en UN AÑO. Esta proporción sube a 3 y más siglos en el caso del salario mínimo legal. Y, en Colombia, esas proporciones alcanzan cifras macondianas.

 

Seamos honestos: estas cifras no son sorprendentes ni aberrantes; son inmorales. Corresponden a una sociedad enferma y a un modelo económico suicida. Aún sin compararlas con las de países de medio y bajo desarrollo, se encontrará que los debates sobre la remuneración mínima son, entonces, definitivamente inútiles, para corregir la inequidad. El problema no es de cifras. Constituyen la sintomatología. Pero la enfermedad es estructural y sistémica: un modelo económico disfuncional y ya abiertamente patológico.

 

Desde la revolución industrial, pero más aguda y abiertamente desde los años 70 del siglo anterior (inicios del neoliberalismo, ahora transfigurado en capitalismo digital o tecnofeudalismo, según el punto de vista), nos embarcamos en un modelo económico, cuya base fundacional es la maximización de rendimientos. Maximización sin límites: ni cuantitativos, ni éticos, que ya domina todas las esferas de la vida cotidiana de cualquier ciudadano. Maximización del dinero, de los recursos, del consumo de bienes, de nuestras necesidades y deseos, de la productividad y el rendimiento, de los beneficios, del tiempo… Hemos aceptado dócilmente, como supremo mandato social, el crecimiento sin límites, hasta llevarnos a niveles paroxísticos, en un frenesí delirante, demencial y suicida. Tenemos, así, al primer billonario de la historia (léase: un patrimonio personal de más de un millardo de dólares estadounidenses, en la usanza latina); mientras que “en 2024, más de 295 millones de personas de 53 países y territorios padecerán hambre aguda, lo que supone un aumento de casi 14 millones de personas con respecto a 2023”[2] y, si agregamos la malnutrición, superamos los 1000 millones. Con el agravante de que este dramático contraste de cifras, de riqueza y hambre, ambas excesivas y obscenas, se replica ya en todo el espectro de actividades humanas.

 

Hemos llegado, así, a una sociedad hiperbólica, de excesos, caracterizada por la inequidad, la insostenibilidad, el hartazgo y el cansancio, en la que unas élites degustan los frutos de lo que irónicamente llaman desarrollo, las grandes mayorías padecen impotentes los costos, mientras ambas se aturden y aburren terriblemente, en un frenesí de vidas sin sentido.

 

Esta cruda realidad contemporánea tiene dos caras: la individual y la colectiva. Empecemos por la individual. Yo me hago una primera pregunta: ¿tiene sentido esta carrera loca de maximización de todo, sin espacio para pensar, para contemplar, para el silencio, para el volver sobre sí mismo, para el disfrute de la naturaleza, para el encuentro tranquilo y eventualmente amoroso con el otro? ¿Nacimos para embarcarnos en una competencia loca por lograrlo todo, en el menor tiempo posible, al menor costo posible y con las mayores ganancias posibles? Por mi parte, me resisto a aceptarlo.

 

Se me hace inevitable recordar aquí un apartado del lúcido opúsculo de Ken Blanchard, Administración por Valores. Allí, ficciona un diálogo entre dos ejecutivos de alto nivel, amigos y confidentes, en el cual uno le confía al otro su trágica vida de familia y de pareja. Así transcurre el diálogo:

“Se hizo un silencio que pareció echar atrás las paredes. Barry insistió:

   ¿Cuándo fue la última vez que Leslie y tú hablaron de corazón a corazón?

Otra vez silencio.

   Me lo imaginaba - dijo Barry -. Tengo que irme. Al llegar a la puerta, se volvió, miró directamente a Tom y le dijo:

   Lo que a ti te pasa es que estás en una carrera de ratas. Pero recuerda: aun cuando ganes la carrera, siempre serás una rata”.

Lo siento por las simpáticas y traviesas raticas, dada la mala prensa que les hemos hecho inmerecidamente.

 

La contracara es la dimensión colectiva. Veamos. Ya sentenciaba Serge Latouche, profesor emérito de economía de la Universidad de París: “quien crea que un crecimiento ilimitado es compatible con un planeta limitado, o está loco o es economista. El drama es que ahora todos somos economistas”[3]. Claro: como bien lo dice Manfred Max-Neef: “La economía es un subsistema de un sistema mayor que es finito, la biósfera; y, por lo tanto, el crecimiento permanente es imposible”[4]. En conclusión: hemos desarrollado un sistema económico, y unos estilos de vida, que atentan contra las leyes físicas de la naturaleza. Estamos literalmente destruyendo el planeta y, de paso, destruyendo nuestra propia naturaleza humana. De sapiens, hemos devenido en demens. ¿Hasta cuándo será sostenible tamaña locura? Esa es la pregunta contemporánea fundamental.

 

Y esa pregunta fundamental nos lleva a otra muy pragmática y necesaria: ¿qué hacer, entonces? La respuesta, en mi apreciación personal, es de una simpleza contundente y lapidaria: poner límites. ¿A qué? A todo: al consumo, al tamaño de las empresas, a la remuneración máxima legal de los trabajadores, al igual que existen unos mínimos: de supervivencia, de remuneración mínima legal. Habrá evasiones, como las hay hoy con todo mínimo y todo máximo legales exigibles. Pero es el mínimo comienzo y avanzaremos, sin duda. Llegó la hora de poner límites: a la riqueza, a la especulación bursátil, al desperdicio… A toda esta locura. Y la vía es bien simple: empezar a legislar, con carácter vinculante, además. A nivel territorial, nacional y global. Es el principio, igualmente fundacional, del concepto de Economía Doughnut (dónut = rosquilla)[5]: el desarrollo dentro de límites, máximos de responsabilidad y sostenibilidad, y mínimos de dignidad y seguridad.

 

Es que hemos olvidado un principio elemental de la física: el planeta, la vida, todo tiene límites. Y sobrepasarlos es irresponsable, pues pone en riesgo nuestra propia vida y la del planeta. La ciencia nos informa que el año anterior ya sobrepasamos el séptimo de los 9 límites planetarios documentados[6]. En otras palabras: nos hemos colocado irresponsablemente AL BORDE DE LA EXTINCIÓN PLANETARIA. ¿Las causas? Obvias: antropogénicas todas. El perverso modelo económico y el delirante estilo de vida que echamos a andar sin medir sus consecuencias. Y seguimos parloteando tonta e irresponsablemente por las redes sociales, sin siquiera percatarnos. O, irresponsablemente llevando el planeta y la sociedad a límites intolerables, por la ambición ciega y torpe de acumular riqueza. ¿Para qué? ¿Tiene sentido? Vale preguntar: ¿cuándo se impondrán la sensatez, la mesura y el sentido natural? ¿El elemental sentido de especie y humanidad?

 

En conclusión:

 

Detrás de la tacaña, anecdótica y parroquial discusión por la cuantía de una suma de retribución mínima mensual para los trabajadores colombianos, realmente se oculta una realidad inmensamente más dramática que, si no encaramos con inteligencia y decisión en las próximas décadas, puede conducirnos al colapso de la civilización. Por el momento, estamos ya “en rumbo de colisión”. Pero, para encarar estas incómodas verdades, necesitamos líderes con talla de dirigentes, y de dirigentes de nueva cultura. Pero dudo seriamente de que los tengamos.

 

RAMIRO RESTREPO GONZÁLEZ

Diciembre de 2025



[1]    Oxfam Intermón. Las grandes empresas disparan las desigualdades. Diciembre 16 de 2025. Ver ACÁ y ACÁ.

[2]    OCHA (oficina de Naciones Unidas, para asuntos humanitarios). Informe Mundial sobre las Crisis Alimentarias (GRFC) 2025. Ver ACÁ.

[3]    Ver el documental Comprar, Tirar, Comprar. Radiotelevisión Española. Ver ACÁ.

[4]    Max-Neef. M. El mundo en rumbo de colisión. Ver ACÁ. Nota: “en ruta de colisión” fue el título original que Manfred le puso al escrito; pero sus anfitriones lo cambiaron por “en rumbo de colisión”. Por lo tanto, se puede encontrar en las dos versiones.

[5]    Raworth, K. A safe and just space for humanity. Oxfam. 2012. Ver ACÁ.

[6]    Ver abundante y demoledora información ACÁ.